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  • Abriéndonos camino hacia la democracia

    Por Maija Hytti y Niclas Sandstörm

     

    Por qué el trabajo emocional está en el corazón de la educación

    Cuando hablamos de democracia, a menudo pensamos en debate, participación y pensamiento crítico — pero ¿qué pasa con el sentimiento? Nuestro nuevo artículo, Trabajo emocional por una educación más holística y transformadora para la democracia, invita a educadores, responsables políticos y líderes escolares a profundizar: a ver las emociones no como efectos secundarios del aprendizaje, sino como el propio motor que impulsa la transformación democrática.

    La pieza que faltaba en la educación para la democracia

    Durante décadas, Educación para la Democracia (EfD) se ha centrado en las habilidades cognitivas — razonamiento, análisis, debate. Sin embargo, como señalan Hytti y Sandström, la democracia también es profundamente emocional: “Las emociones moldean cómo pensamos, nos relacionamos y actuamos.” Sin entender cómo las emociones guían nuestras elecciones, reacciones y relaciones, el aprendizaje cívico sigue siendo incompleto.

    Nuestro artículo propone situar el trabajo emocional, es decir, el compromiso reflexivo y encarnado con las emociones, en el centro de la EfD. Sostenemos que la verdadera transformación democrática ocurre en los micro-momentos de aprendizaje, cuando atendemos y trabajamos las emociones en lugar de dejarlas de lado.

    Cómo es el trabajo emocional

    Las emociones no son externas al aprendizaje, sino parte de su arquitectura interior: moldean la atención, la interpretación y la acción. Reconocer y relacionarse con las emociones a medida que se desarrollan permite a los estudiantes conectar el pensamiento y el sentimiento como dimensiones interdependientes de la comprensión. Cuando los educadores ayudan a los estudiantes a identificar, sentir, procesar, reflexionar y gestionar las emociones, el trabajo emocional se convierte en una práctica transformadora en lugar de incidental.

    La práctica reflexiva —por ejemplo, percibir, sentir y gestionar las emociones a medida que surgen en el aprendizaje— puede hacer que la educación democrática sea más duradera, práctica y humana. El trabajo emocional guiado y facilitado fortalece la empatía, el pensamiento crítico y el comportamiento prosocial, todas competencias clave para la participación democrática activa.

    Para llevar esto a las aulas, sugerimos:

    • crear espacios seguros donde la incomodidad señala aprendizaje en lugar de amenaza,
    • utilizando prácticas incorporadas — movimiento, reflexión artística, pausas conscientes — para aflorar y procesar emociones,
    • negociar normas emocionales para que voces diversas puedan participar con respeto,
    • priorizar la confianza y el cuidado junto con el rigor académico, ya que la pertenencia y la seguridad permiten un diálogo verdadero.

    La ciencia detrás de ello

    Basándose en la visión de Dewey de que la emoción es fundamental para la experiencia y el crecimiento, nuestro marco se basa en investigaciones contemporáneas que vinculan el trabajo emocional, la transformación y la competencia democrática. El aprendizaje transformador, al estar estrechamente vinculado a la educación cívica (Hoggan-Kloubert & Mabrey, 2022), proporciona la base para nuestro enfoque. Basándonos en Carter & Nicolaides (2023) y Sánchez & Sebastián (2024), mostramos que el compromiso encarnado con las emociones es inseparable de la transformación genuina en el aprendizaje democrático.

    Las emociones, desde esta perspectiva, no están separadas de la cognición, sino profundamente entrelazadas con ella — moldeando la percepción, la motivación y la creación de significado a lo largo del proceso de aprendizaje. Reconocer, sentir, navegar y reflexionar sobre las emociones no son habilidades periféricas, sino vías centrales para desarrollar la competencia y la agencia democráticas.

    También sintetizamos estudios sobre incomodidad y emociones de borde (Zembylas, 2013; Mälkki, 2011, 2019; Mälkki, Mäkinen & Forsell, 2022), que destacan que las emociones a menudo percibidas como desagradables pueden marcar en realidad momentos de aprendizaje profundo. Cuando se apoya en andamios sociales (Kong, Ding & Zhao, 2015), este compromiso emocional puede catalizar empatía, tolerancia y la capacidad de manejar la complejidad en la vida democrática (Caleon et al., 2019).

    ¿Y qué?

    En un momento en que las sociedades democráticas enfrentan polarización, desinformación y erosión de la confianza, argumentamos que aprender a sentir democráticamente es tan vital como aprender a pensar críticamente. La alfabetización emocional es la capacidad de reflexionar y regular las emociones de forma colectiva, y fortalece la resiliencia, la inclusión y la capacidad de actuar juntos por el bien común.

    En resumen: si la democracia depende de las personas, también debe depender de sus mundos emocionales.

     

    El artículo completo de acceso abierto (Hytti & Sandström, 2025) está disponible aquí:
    https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/14681366.2025.2582164#abstract
  • Educación en alfabetización digital: las familias, las escuelas y las comunidades como copilotos de la democracia

    Por Parents International

    Este artículo se basa en dos estudios recientes realizados por investigadores de Parents International —Eszter Salamon, Aristidis Protopsaltis, Judit Horgas y Luca Janka László— como parte de una investigación financiada por la UE. El papel del aprendizaje comunitario en el desarrollo de la alfabetización digital (de próxima publicación en una monografía de Educar) se basa en las pruebas de los proyectos DRONE, EFFEct y SAILS para explorar cómo las redes informales configuran las competencias digitales de los niños.

    Sailing Masters in the Digital Age: Supporting Families and Schools in Navigating Online Safety and AI Challenges (que aparecerá en el próximo volumen de IPCN) sintetiza los resultados de los proyectos PARTICIPATE y DRONE, destacando el papel fundamental de las familias y las escuelas en la educación para la ciudadanía digital. En conjunto, estos estudios proporcionan una base empírica completa para replantearse la educación en alfabetización digital en contextos democráticos.

    Introducción: Por qué la educación en alfabetización digital es importante para la democracia

    La democracia en el siglo XXI depende de ciudadanos capaces de navegar por el mundo digital con confianza, visión crítica y responsabilidad. A medida que la información fluye cada vez más a través de las plataformas de redes sociales, los motores de búsqueda y las herramientas impulsadas por la inteligencia artificial, la capacidad de evaluar, cuestionar y crear contenido digital es tan fundamental como lo era la capacidad de leer y escribir en épocas anteriores. Por eso, la educación en alfabetización digital ya no es una habilidad secundaria o un extra opcional: es la base de la participación ciudadana. Sin ella, las sociedades corren el riesgo de producir ciudadanos que sean consumidores pasivos de información en lugar de participantes activos y críticos en la vida democrática.

    Ecosistemas rotos: por qué las escuelas se quedan atrás

    Las pruebas de múltiples proyectos de la UE ponen de relieve una realidad preocupante: las escuelas siguen siendo marginales en la educación en alfabetización digital. Las encuestas realizadas en Hungría y los Países Bajos revelaron que ni un solo alumno de primaria o secundaria participante informó de que se le enseñaran habilidades básicas como la protección con contraseña, el uso seguro del correo electrónico o la evaluación de fuentes en línea. La unanimidad de estos resultados es sorprendente y sugiere no solo lagunas, sino también un descuido sistémico.

    Las razones son complejas. Los programas de formación del profesorado siguen centrándose en gran medida en la competencia técnica —cómo utilizar los dispositivos digitales o el software— en lugar de en competencias transversales como la resiliencia, la toma de decisiones éticas y el compromiso crítico con los medios de comunicación. Los planes de estudios suelen estar desactualizados, diseñados para una era predigital, y rara vez abordan cuestiones urgentes como la desinformación, la información errónea o las dimensiones éticas de la IA. En muchos casos, los propios profesores carecen de confianza en los entornos digitales, lo que les deja mal preparados para guiar a los alumnos en el desarrollo de las habilidades de orden superior que requiere la ciudadanía digital.

    Esta desconexión socava la confianza en la educación formal. Los padres perciben que las escuelas están desfasadas con respecto a la realidad y, por lo tanto, asumen ellos mismos la responsabilidad. Los niños, por su parte, recurren a sus compañeros o a sus redes familiares en lugar de a los profesores cuando buscan orientación. El resultado es que las mismas instituciones diseñadas para igualar las oportunidades y reducir las desigualdades terminan reforzándolas: los niños con padres con conocimientos digitales prosperan, mientras que los que no cuentan con ese apoyo corren el riesgo de quedarse atrás.

    Las familias como maestros de navegación en la era digital

    Ante la falta de programas escolares eficaces, las familias se están convirtiendo en los principales navegantes de los mares digitales. Las investigaciones muestran sistemáticamente que los padres son el primer punto de contacto cuando los niños se enfrentan a retos en línea. Tanto en los Países Bajos como en Hungría, más de la mitad de los estudiantes afirman que recurrirían a sus padres antes que a los profesores o compañeros si se enfrentaran al acoso en línea. Esto pone de relieve un profundo cambio en el equilibrio de la responsabilidad educativa: los padres no solo son modelos a seguir, sino también educadores de primera línea en la esfera digital.

    Sin embargo, esta responsabilidad conlleva importantes retos. Los padres suelen expresar que se sienten poco preparados para proporcionar una educación digital completa. Muchos recurren al autoaprendizaje, al ensayo y error o a las habilidades adquiridas en el trabajo. Puede que sean expertos en cuestiones técnicas, pero se sienten menos seguros a la hora de orientar a los niños en temas complejos como evaluar la fiabilidad de las fuentes de noticias, comprender el sesgo algorítmico o gestionar los riesgos en línea sin comprometer los derechos de participación.

    No obstante, las familias aportan ventajas que las escuelas a menudo no pueden ofrecer. El aprendizaje en el entorno familiar es personalizado, está integrado en las rutinas diarias y está moldeado por los valores culturales. Los padres pueden dar ejemplo de un comportamiento responsable, debatir cuestiones delicadas en su contexto y adaptar la orientación a la etapa de desarrollo de sus hijos. Las conversaciones informales sobre los medios de comunicación, incluso cuando parecen frívolas, suelen proporcionar a los niños sus primeras lecciones de evaluación crítica. Pero la distribución desigual de los recursos, los conocimientos y la confianza entre los padres crea importantes desigualdades. Sin un apoyo sistémico, confiar únicamente en las familias corre el riesgo de profundizar las divisiones entre los hogares digitalmente ricos y los digitalmente pobres.

    El poder del aprendizaje comunitario

    Las comunidades actúan como puente entre las familias y las escuelas, y su papel en la educación en alfabetización digital es cada vez más decisivo. Las bibliotecas, los programas extraescolares, las instituciones culturales y las organizaciones de base proporcionan espacios seguros e inclusivos donde los niños pueden explorar las herramientas digitales, aprender de forma colaborativa y acceder a un apoyo que ni las familias ni las escuelas pueden proporcionar por completo.

    Las pruebas del proyecto DRONE muestran que los entornos comunitarios son a menudo donde tiene lugar el aprendizaje digital más significativo. Los niños aprenden mejor cuando las habilidades digitales se vinculan a contextos del mundo real: verificar la veracidad de una noticia encontrada en las redes sociales, solucionar problemas de un dispositivo con amigos o crear contenido digital para un proyecto comunitario. El aprendizaje entre pares es particularmente poderoso. Cuando los niños se enseñan y se apoyan mutuamente, no solo adquieren competencias técnicas, sino que también desarrollan habilidades sociales y cívicas esenciales para la participación democrática.

    El aprendizaje comunitario también fomenta la inclusión. Contrariamente a lo que se suele pensar, las familias migrantes y los grupos minoritarios a menudo han demostrado ser muy ingeniosos en los entornos digitales. En lugar de quedarse atrás, muchos han aprovechado las redes comunitarias para superar las barreras del idioma o del acceso. Del mismo modo, las investigaciones sobre los niños con discapacidad sugieren que sus principales obstáculos son técnicos —la falta de tecnologías de apoyo— y no cognitivos. Por lo tanto, los enfoques comunitarios que proporcionan las herramientas adecuadas pueden lograr la inclusión sin recurrir a programas segregados.

    Al situar el aprendizaje digital en las redes sociales de la vida real, las comunidades ayudan a los niños y a las familias a desarrollar resiliencia, adaptabilidad y conciencia crítica. No solo actúan como espacios complementarios, sino como pilares esenciales de un ecosistema digital democrático.

    Profesorado y escuelas: de guardianes a socios

    A pesar de las deficiencias actuales, no se puede descartar a las escuelas. Siguen siendo las únicas instituciones con el mandato universal de llegar a todos los niños, y su potencial para reforzar el aprendizaje familiar y comunitario es considerable. El reto consiste en redefinir su papel. En lugar de guardianes de la información —una función que ha quedado obsoleta en la era digital—, las escuelas deben convertirse en socios de ecosistemas integrados de educación en alfabetización digital.

    Este cambio requiere una nueva visión de la profesionalidad docente. El profesorado necesita competencias que van mucho más allá de la capacidad de utilizar herramientas digitales. Deben ser capaces de fomentar el pensamiento crítico, cultivar la resiliencia digital y orientar la toma de decisiones éticas. También necesitan habilidades de colaboración con la comunidad: la capacidad de colaborar con los padres, interactuar con las organizaciones locales y valorar el aprendizaje entre iguales de los niños como parte del proceso educativo.

    Transformar las escuelas de esta manera no es una solución rápida. Requiere una inversión sostenida en la formación del profesorado, la reforma de los planes de estudio y la cultura institucional. Pero las pruebas son claras: cuando las escuelas trabajan en auténtica colaboración con las familias y las comunidades, los niños desarrollan habilidades digitales más sólidas, muestran una mayor resiliencia ante los riesgos en línea y participan con más confianza en la democracia.

    Las lagunas políticas y el papel de las empresas tecnológicas

    Hasta ahora, las respuestas políticas han sido fragmentarias. Los gobiernos han tendido a dar prioridad al hardware y la conectividad, a menudo en respuesta a crisis como el cierre de escuelas por la COVID-19, sin abordar cuestiones pedagógicas y estructurales más profundas. Esto deja a las familias y las comunidades la tarea de llenar el vacío, a menudo con recursos limitados.

    Mientras tanto, las empresas tecnológicas ejercen una enorme influencia. Las herramientas proporcionadas por Apple, Google y Meta dan forma a las experiencias diarias de los niños en línea. Mientras que algunas empresas, como Apple, han avanzado en el control parental centrado en la privacidad, otras se basan en modelos orientados a la vigilancia que dan prioridad a la recopilación de datos sobre los derechos de los niños. Esta tensión entre los intereses comerciales y los valores democráticos deja claro que la educación en alfabetización digital no puede separarse de la regulación y la rendición de cuentas.

    Los responsables políticos deben equilibrar la innovación con la protección, garantizando que se salvaguarden los derechos de participación de los niños junto con su seguridad. Para ello se necesitan marcos que reúnan a los gobiernos, las escuelas, las familias y los proveedores de tecnología en una responsabilidad compartida, en lugar de en una competencia. Sin esos marcos, las sociedades democráticas corren el riesgo de ceder el control de los entornos de aprendizaje digital a actores comerciales no regulados.

    La IA, la desinformación y el reto del pensamiento crítico

    La llegada de la IA generativa ha añadido una nueva dimensión al debate sobre la alfabetización digital. Las herramientas capaces de producir textos, imágenes y vídeos indistinguibles de las creaciones humanas ofrecen oportunidades, pero también riesgos. Los padres de toda Europa expresan actitudes contradictorias: las familias holandesas y alemanas ya utilizan herramientas de IA para apoyar el aprendizaje, mientras que los padres italianos y húngaros siguen siendo escépticos o desinformados.

    Al mismo tiempo, la desinformación y la información errónea siguen propagándose rápidamente por Internet, lo que socava la confianza en las instituciones y distorsiona el debate democrático. Las familias intentan responder, ya sea verificando los hechos, cotejando información o debatiendo las noticias en el seno del hogar. Pero sin un apoyo coordinado, estas estrategias siguen siendo desiguales e insuficientes.

    Para abordar estos retos es necesario integrar el pensamiento crítico en el núcleo de la educación en alfabetización digital. Los niños, y los adultos, deben comprender cómo los algoritmos dan forma al contenido que ven, por qué son importantes los sesgos y cómo verificar la información en un panorama en el que el material fabricado puede circular con la misma facilidad que los hechos. La alfabetización en IA, incluida la concienciación sobre las dimensiones éticas, sociales y cívicas, debería convertirse en un componente estándar de los planes de estudios, integrado en todas las disciplinas y no limitado a los cursos técnicos. Solo así las sociedades podrán dotar a los ciudadanos de las herramientas necesarias para participar de forma responsable en las democracias digitales.

    Creación de ecosistemas de aprendizaje integrados

    Lo que se desprende claramente de las pruebas es que ningún actor puede impartir por sí solo la educación en alfabetización digital. Las familias, las escuelas, las comunidades, los gobiernos y las empresas tecnológicas tienen cada uno una pieza del rompecabezas, pero solo la integración puede crear una imagen completa.

    Los ecosistemas integrados deben reconocer a los padres como socios iguales en la educación, valorar las contribuciones de las organizaciones comunitarias y reimaginar las escuelas como centros de colaboración. Deben contar con el apoyo de políticas que den prioridad a los derechos de los niños, y no solo a la prevención de riesgos, y deben financiarse de manera que se refuercen los espacios de aprendizaje tanto informales como formales. El proyecto «Alfabetización digital para todos los alumnos» de la Universidad de Illinois es un ejemplo de ello, ya que une a profesores, bibliotecarios, líderes comunitarios, padres y alumnos en redes compartidas. Europa puede basarse en modelos similares, adaptándolos a los contextos locales para garantizar la inclusión y la resiliencia.

    Recomendaciones para la acción

    Para pasar de la evidencia a la práctica, los responsables políticos y los educadores deben:

    • Crear conjuntamente políticas que traten a los padres como socios iguales en la educación en alfabetización digital.
    • Invertir en espacios de aprendizaje comunitarios, como bibliotecas, centros juveniles e instituciones culturales.
    • Reformar la formación del profesorado para dar prioridad a las habilidades transversales: pensamiento crítico, ciudadanía digital y creación de asociaciones.
    • Regular las empresas tecnológicas para promover un diseño que anteponga la privacidad y respete los derechos.
    • Integrar la alfabetización en materia de inteligencia artificial y desinformación en los planes de estudio de todas las disciplinas, vinculando los conocimientos técnicos con la conciencia ética y cívica.

    Conclusión: hacia una ciudadanía digital resiliente

    La investigación es inequívoca: hoy en día, los niños adquieren las competencias digitales principalmente fuera del entorno escolar formal. Las familias y las comunidades se han convertido en los verdaderos motores de la educación en alfabetización digital, mientras que las escuelas se quedan atrás. Este sistema fracturado no solo socava la seguridad de los niños, sino que también debilita el tejido democrático en un momento en que la IA y la desinformación están remodelando la vida pública.

    Pero este no es un resultado inevitable. Al reconocer a los padres como «maestros de navegación», empoderar a las comunidades como centros de inclusión y transformar las escuelas en socios colaborativos, las sociedades pueden reconstruir ecosistemas digitales que sirvan tanto a los niños como a la democracia. Hay mucho en juego: la alfabetización digital es la clave para una ciudadanía informada, una participación creativa y una resiliencia democrática.

    Este análisis se basa en dos contribuciones académicas del equipo de investigación de Parents International. El papel del aprendizaje comunitario en el desarrollo de la alfabetización digital (de próxima publicación en Educar) refleja el trabajo realizado en los proyectos DRONE, EFFEct y SAILS. Maestros de navegación en la era digital: apoyo a las familias y las escuelas para afrontar los retos de la seguridad en línea y la inteligencia artificial (de próxima publicación en IPCN) se basa en las conclusiones de PARTICIPATE y DRONE. En conjunto, estos estudios financiados por la UE proporcionan una sólida base empírica para replantearse la educación en alfabetización digital en contextos democráticos.

  • Detección y difusión de información falsa: Fortaleciendo las Capacidades Democráticas cruciales.

    Por Daniel Montolio i Karsten Krüger

    Detección de desinformación: Desafíos e impactos en las democracias

    La proliferación de desinformación en las plataformas de redes sociales representa una amenaza considerable para la calidad del discurso público y la integridad de los procesos democráticos (Reglitz, 2022; McKay & Tenove, 2021; Silva & Proksch, 2021). La capacidad de clasificar e identificar con precisión la desinformación es esencial para mitigar sus efectos adversos. De hecho, la interacción entre el conocimiento científico, el debate democrático y la proliferación del esoterismo, el pensamiento conspirativo y la desinformación ha surgido como un área crítica.

    Se supone que una desinformación política significativa puede influir en la orientación política de la población y, posteriormente, en el resultado de las elecciones. Sin embargo, hay una notable ausencia de estudios que analicen su impacto en la democracia. Un estudio reciente de Sato et al. (2023) aborda esta brecha analizando el impacto de la desinformación y la manipulación en los sistemas políticos, distinguiendo entre regímenes autoritarios y democráticos.

    Los resultados confirman el impacto perjudicial de la desinformación y las noticias falsas en la calidad de la democracia, independientemente del tipo de régimen democrático. Por el contrario, en los regímenes autoritarios, la desinformación se emplea como una herramienta para la propaganda gubernamental autoritaria, que sirve para mantener el régimen y reducir la probabilidad de democratización.

    A diferencia de las autocracias, se ha observado que la presencia de desinformación en las democracias da lugar a niveles crecientes de polarización política entre aquellos que creen en la información falsa y tienden a alinearse con movimientos antidemocráticos o antiliberales, y aquellos que no creen en la información falsa y tienden a alinearse con los movimientos democráticos. Esto conduce a mayores niveles de movilización en ambos lados, lo que a su vez hace que los resultados sean menos predecibles.

    Sato y cols. (2023) citó el ejemplo de Brasil, donde la tendencia iliberal se invirtió debido a la fuerte movilización de la sociedad civil democrática (véase también Tomini, Gibril, & Bochev, 2023).

    Difusión de información falsa: Patrones de Comportamiento y Factores de Influencia

    La encuesta se realizó en dos etapas durante un período de 12 días. En la primera ola, los encuestados evaluaron diez titulares. En la segunda oleada, se pidió a los encuestados que calificaran ocho titulares de la misma manera que en la ola inicial, y luego que respondieran preguntas relacionadas con sus inclinaciones socioeconómicas y políticas. La retroalimentación sobre la veracidad de los titulares no se proporcionó a los encuestados hasta la conclusión de la segunda oleada. La encuesta se llevó a cabo en cuatro países europeos: Alemania, Irlanda, Polonia y España. Toda la documentación de la encuesta se tradujo a los cuatro idiomas pertinentes, con algunas preguntas adaptadas a países específicos.

    El análisis de los datos de la encuesta arrojó dos resultados clave: la probabilidad de determinar con precisión la veracidad de las noticias y la probabilidad de compartir dichas noticias en las redes sociales. En primer lugar, examinamos quién es más probable que evalúe correctamente la veracidad de las noticias. Nuestros resultados indican que no hay una diferencia perceptible en la capacidad de los individuos para clasificar correctamente los titulares verdaderos o falsos.

    Los resultados demuestran que, en general, las personas son competentes a la hora de identificar con precisión si un titular es verdadero o falso. El porcentaje medio de acierto entre los encuestados es del 68,4%, lo que constituye un logro digno de mención.

    Cabe destacar que los encuestados demostraron una capacidad significativamente menor para clasificar las noticias con contenido político. Esto indica que los sesgos y preferencias políticas pueden desempeñar un papel importante a la hora de influir en la precisión de la clasificación de las noticias. Además, nuestros resultados sugieren que las personas que admiten haber confiado previamente en la desinformación no son tan hábiles como otros para detectar la naturaleza de los titulares a los que se enfrentan.

    En segundo lugar, evaluamos hasta qué punto los participantes estarían dispuestos a compartir los titulares que han leído en las redes sociales. Los resultados del experimento de desinformación demuestran que la mayoría de los adultos son capaces de identificar la desinformación y no se sienten inclinados a difundirla. Solo una minoría de este grupo está dispuesta a tomar medidas contra la fuente de desinformación y noticias falsas. Un segundo grupo de personas es capaz de identificar la desinformación y las noticias falsas, pero las comparten con otros en línea por diversas razones. Un tercer grupo de personas, que comparten información errónea sin identificarla como tal, debería aprender a evaluar la información de manera más efectiva, incluida su fuente.

    El estudio destaca la necesidad de obtener una comprensión más profunda de la compleja relación entre los factores socioeconómicos y la alfabetización mediática. A la luz del desafío actual que plantea la desinformación para el discurso público informado y los procesos democráticos, estas ideas son vitales para el desarrollo de estrategias efectivas para mejorar la comprensión pública y la resiliencia contra la desinformación.

    En investigaciones futuras debería estudiarse la eficacia de las iniciativas educativas y las medidas políticas adaptadas a los distintos grupos demográficos para reducir la propagación de la desinformación. Al identificar los factores que influyen en la detección y difusión de la desinformación, esta investigación contribuye al esfuerzo más general para proteger los valores democráticos y promover una ciudadanía bien informada en la era digital.

    Desarrollar la resiliencia frente a la desinformación: El papel de la competencia y la educación.

    Los resultados del experimento, junto con la bibliografía existente sobre desinformación y las noticias falsas, proporcionaron información para el diseño del proceso de aprendizaje sobre la competencia del juicio informativo, tal como se define en el proyecto DEMOCRAT financiado por la UE (véase la tabla 1). La evaluación de la información no solo debe referirse a la valoración de la fiabilidad y exactitud de las fuentes de información y de la propia información, sino que también debe incluir la reacción de las personas ante la información errónea o desinformación identificada. Esto coincide con investigaciones recientes sobre este tema.

    Tabla 1: Competencias clave de una ciudadanía democrática responsable.

    Conocimiento Habilidades Actitudes
    Ser competente para juzgar qué es información fiable y qué no lo es, saber evaluar la fiabilidad de los datos recibidos e interpretarlos. Conocer las herramientas para buscar, encontrar información y evaluar su fiabilidad y veracidad. Estar siempre dispuesto a volver a comprobar la veracidad y fiabilidad de la información

     

    Existen varios estudios que examinan la motivación detrás del intercambio de información errónea. Estos incluyen estudios sobre la señalización de la afiliación grupal (Brady et al., 2020), la autopromoción (Islam et al., 2021), el pensamiento conspirativo (Melchior & Oliveira, 2024), el extremismo político y la incitación al caos (Petersen, 2023), así como estudios que exploran los fines de entretenimiento (Jahanbakhsh et al., 2021; Acerbi, 2019; Tandoc et al., 2018; Waruwu et al., 2020).

    Además, se ha investigado la posible influencia de las plataformas de redes sociales en la amplificación de la desinformación (Ceylan et al., 2023; Lindström et al., 2021). Un estudio de Altay et al. (2020) sugiere que la preocupación por perder la propia reputación social y personal pueden ser un factor significativo para reducir la probabilidad de que la desinformación identificada se comparta sin marcarla como desinformación. El tercer grupo de personas, que comparte la desinformación sin identificarla como tal, debería aprender a evaluar mejor la información, pero también su fuente.

    La investigación sobre cómo los individuos evalúan la información y reaccionan a la desinformación ha puesto de relieve dos puntos clave. En primer lugar, existen limitaciones inherentes a la capacidad de una persona para evaluar la fiabilidad y exactitud de la información. En segundo lugar, es fundamental comprender cómo responden los ciudadanos a la información cuestionable y a la desinformación. Esto ha llevado a perfeccionar la definición de competencia informativa, haciendo mayor hincapié en la fase de reacción, ya que la reacción ante cualquier información, especialmente la dudosa, es fundamental para reducir la propagación de la desinformación.

     

  • Combatir las narrativas conspirativas, las fake news y el discurso de odio en la educación y a través de ella en las sociedades posdigitales

    Combatir las narrativas conspirativas, las fake news y el discurso de odio en la educación y a través de ella en las sociedades posdigitales

    Por Fabian Virchow

    Las teorías de la conspiración (TC) han sido examinadas desde varias disciplinas académicas, cada una de las cuales ofrece perspectivas y metodologías únicas. En psicología, los investigadores estudian los procesos cognitivos y los rasgos de personalidad que llevan a las personas a creer en TC. Esto incluye examinar los sesgos cognitivos, como el sesgo confirmativo y la necesidad de cierre.[i] La sociología aborda la dinámica social y los comportamientos grupales asociados con las creencias conspirativas, incluida la forma en que la identidad social y la pertenencia a un grupo influyen en las percepciones de las conspiraciones.[ii] Los estudiosos de la ciencia política analizan el papel de las TC en contextos políticos, incluido su impacto en la opinión pública, el comportamiento político y la gobernanza. La relación entre el poder, la autoridad y las narrativas conspirativas es un enfoque clave.[iii] En el campo de los estudios de comunicación, la atención se centra en cómo las TC se propagan a través de los medios de comunicación, incluidas las redes sociales. Analizan el papel de la desinformación y el encuadre de las TC en el discurso público.[iv] Los investigadores en estudios culturales examinan el significado cultural de las TC, incluida su representación en la cultura popular y su papel en la configuración de las narrativas colectivas. Los historiadores estudian las teorías conspirativas del pasado y sus consecuencias, examinando cómo se han interpretado los acontecimientos históricos a través de una lente conspirativa y el impacto social de esas narrativas. Los antropólogos pueden explorar cómo se manifiestan las teorías conspirativas en diferentes culturas y sociedades, analizando sus significados y funciones dentro de contextos culturales específicos. Los filósofos discuten los problemas epistemológicos que rodean a las TC, incluidas las cuestiones sobre el conocimiento, creencia y naturaleza de la verdad. En conjunto, estos enfoques interdisciplinares contribuyen a una comprensión más completa de las complejidades que rodean a las TC, su impacto en la sociedad y su propagación.

    Algunos ejemplos podrían ilustrar que la creencia en teorías de la conspiración no es un fenómeno periférico. Jabkowski et al. [v] han demostrado que, en muchos países europeos, entre el 20 y el 30% de la población cree en teorías conspirativas relacionadas con la COVID-19. La teoría conspirativa QAnon se ha extendido rápidamente por varios países tras originarse en EE.UU.[vi] Además, hay varias TC sobre la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001. La más destacada de las cuales es que esta fue el resultado de demoliciones controladas, en lugar de un colapso estructural debido al impacto y al fuego.[vii] Finalmente, cabe recordar que la teoría conspirativa antisemita en torno al texto falsificado Los protocolos de los sabios de Sion siguen teniendo resonancia en todo el mundo.[viii]

    Si bien las teorías de la conspiración incluyen regularmente desinformación y noticias falsas, estas últimas también tienen lugar sin estar integradas en las TC. Aunque el término «información errónea» debe aplicarse a la información falsa o engañosa que se difunde sin mala intención, la desinformación es información deliberadamente falsa que se crea y difunde para engañar o manipular la opinión pública. A menudo se utiliza con fines políticos, por ejemplo, para sembrar desórdenes públicos o para socavar la confianza en las instituciones políticas.[ix] Desde 2016, tras la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos y a partir de sus métodos de comunicación, el término fake news se ha vuelto mayoritario.[x] En este contexto, fake (falso) significa «superchería», «falsificación” o simplemente «invención». En consecuencia, las fake news son noticias falsas disfrazadas de noticias reales.

    Las fake news y las teorías de la conspiración a menudo van de la mano con los discursos de odio.[xi] Hoy en día, los actos de incitación al odio tienen un alcance mucho mayor gracias a la extensión de la esfera virtual.[xii] Los discursos de odio plantean varios peligros significativos, entre ellos:

    1. Incitación a la violencia: Los discursos de odio pueden provocar que individuos o grupos cometan actos de violencia contra comunidades previamente señaladas.
    2. Normalización de los prejuicios: Pueden legitimar actitudes y comportamientos discriminatorios, facilitando la propagación de la intolerancia.
    3. División social: Los discursos de odio fomentan la división dentro de la sociedad, lo que conduce a una mentalidad de «nosotros contra ellos» y exacerba los conflictos.
    4. Daño psicológico: Las víctimas de discursos de odio pueden experimentar traumas, ansiedad y depresión, lo que afecta a su bienestar mental.[xiii]
    5. Supresión de la libertad de expresión: En entornos donde los discursos de odio circulan sin control, las personas pueden sentirse inseguras para expresar sus opiniones, lo que constriñe el diálogo constructivo.
    6. Marginación: Los grupos señalados como blanco pueden quedar aún más marginados, lo que lleva a una disminución de su representación social y política.
    7. Repercusiones legales: Los discursos de odio pueden dar lugar a desafíos legales complejos, ya que las leyes varían ampliamente según la jurisdicción y pueden conducir a un uso indebido o extralimitado.

    Abordar los discursos de odio requiere un cuidadoso equilibrio entre la protección de la libertad de expresión y la prevención de daños a las personas y las comunidades.

    Rechazar los discursos de odio requiere un esfuerzo colectivo a múltiples niveles. Las estrategias efectivas incluyen que las organizaciones, las escuelas y las plataformas establezcan políticas claras contra los discursos de odio y las hagan cumplir, y que describan los comportamientos inaceptables y sus consecuencias. Asimismo, habría que implementar formas accesibles para que las personas denuncien los discursos de odio, garantizando que las quejas sean tomadas en serio y abordadas con prontitud. También podría ser útil alentar a las personas y a las comunidades a responder a los discursos de odio con contradiscursos constructivos[xiv] promoviendo la tolerancia y la comprensión, al tiempo que se ofrecen recursos y apoyo a las personas afectadas por los discursos de odio, fomentando un sentido de comunidad y resiliencia. En cuanto a las medidas legales, las leyes que penalizan los discursos de odio y equilibran los derechos a la libertad de expresión, según el contexto y la jurisdicción, también son una contribución útil.

    Respecto a la lucha contra las TC y las noticias falsas, un enfoque multifacético que asuma la responsabilidad de una amplia gama de actores debería incluir que los gobiernos y las instituciones se comuniquen de forma transparente y coherente, especialmente durante las crisis, para generar confianza y reducir el atractivo de las teorías conspirativas. Las plataformas de redes sociales pueden implementar políticas más estrictas para reducir la difusión de la información falsa y, al mismo tiempo, equilibrar las consideraciones sobre la libertad de expresión. También podría ser útil que las comunidades locales organizasen talleres para abordar temores y preocupaciones específicos, fomentando la resiliencia contra la desinformación. Dichos enfoques deben promover el recurso a organizaciones de verificación de datos con buena reputación y alentar a las personas a verificar la información antes de compartirla. Además, se debe poner de relieve a los expertos y fuentes confiables capaces de contrarrestar la desinformación de manera efectiva, haciendo que sus mensajes sean más accesibles y cercanos.

    Por supuesto, las escuelas y el sector educativo tienen un papel esencial que desempeñar, especialmente en lo que respecta a los jóvenes[xv], dada la intensidad con la que estos utilizan las redes sociales.[xvi] En general, se trata de fortalecer la alfabetización mediática (informativos) y la alfabetización digital.[xvii] Si nos centramos en el papel de las escuelas y los docentes, habría que mencionar seis elementos clave:

    1. Alfabetización mediática: Enseñar habilidades de pensamiento crítico y alfabetización mediática en las escuelas para ayudar a las personas a evaluar las fuentes, comprender los prejuicios e identificar la información errónea, como la que vehiculan las teorías conspirativas.
    2. Educación y concienciación: Promover programas que eduquen a las personas sobre el impacto de los discursos de odio, fomentando la empatía y la comprensión entre diversos grupos.
    3. Diálogo abierto: Crear espacios seguros para las conversaciones sobre los discursos de odio y sus consecuencias, permitiendo que las personas compartan experiencias y perspectivas.
    4. Espacios más seguros: Los lugares, plazas y espacios seguros son importantes para que muchos grupos marginados se protejan de la discriminación e intercambien ideas.
    5. Ser conscientes de la propagación y la profundidad de la desconfianza hacia los medios de comunicación y hacia los actores políticos establecidos.[xviii]
    6. Formar a los docentes: Los docentes no son inmunes a los discursos de odio ni a las noticias falsas; rara vez están por delante de los estudiantes en cuanto a conocimientos y seguridad en la aplicación de las últimas tecnologías mediáticas. También hay incertidumbre al tratar los temas mencionados en este artículo.[xix]

    Definiciones como «alfabetización mediática o digital», entendidas como la capacidad de acceder, analizar, evaluar, crear y comunicar de manera efectiva utilizando diversos medios digitales, así como de comprender cómo se construyen los mensajes de estos medios, el propósito que hay tras ellos y cómo influyen en la audiencia, de reconocer su sesgo, distinguir entre información confiable y falsa, para convertirse en un consumidor y creador de medios informado y responsable, pueden dar una idea sobre el objetivo perseguido, pero no son necesariamente útiles en clase.

    Por ejemplo, hay una diferencia entre un/a profesor/a que se enfrenta de repente a un alumno que expone narrativas conspirativas y un/a profesor/a que hace de las teorías conspirativas un tema de clase motu proprio. En el primer caso, hay que tener claro que el problema está en clase. Por lo tanto, no conviene ignorarlo. Con respecto a su reacción como profesor/a, primero verifique si tiene el conocimiento para abordar directamente esa TC en particular. De lo contrario, no la aborde, ya que abriría un espacio para especulaciones que no podría corregir ni contextualizar. En cambio, puede preguntar a los estudiantes cuál es la fuente a la que se refieren y por qué están interesados en ella. Como profesor/a, puede explicar el nivel de su conocimiento o desconocimiento con respecto a esa TC en particular y prepararse bien para lidiar con el problema la próxima vez que se reúna con sus estudiantes. Si tiene la seguridad de que la TC se menciona solo con el propósito de provocar, abórdela como tal e ignórela.

    En el segundo caso, seleccione un tema de interés general para el que haya disponibles fuentes y material suficientes. Los casos históricos del siglo XVIII al XX son más fáciles que los más recientes, como por ejemplo el Nuevo Orden Mundial o el 11-S. El objetivo de abordar el problema no es refutar las muchas TC que circulan, sino educar a los estudiantes sobre cómo se estructuran las TC, por qué atraen el interés de las personas y cómo pueden identificarlas como infundios. Probablemente pueda agregar ejemplos de conspiraciones reales para identificar claramente la diferencia. Comience con los hechos históricos, no con la TC.[xx] De manera más general, trate de averiguar qué tan profundamente la persona a la que se dirige está ya inmersa en el pensamiento conspirativo. Esto marcará la diferencia a la hora de lidiar con la TC.[xxi]

    Los discursos de odio son el otro gran problema. Se podría agregar aquí una cita más larga de una publicación reciente que refleja algunas de las reflexiones anteriores: «1. Abordar el problema (¡no ignorarlo!): Con demasiada frecuencia, cuando los docentes escuchan discursos de odio, tienden a ignorarlos porque no están seguros de cómo abordarlos. Los profesores pueden pensar: ‘No estoy seguro de qué decir’ o […] ‘No es mi problema’. Siempre que escuchen discursos de odio, maestros y líderes deben posicionarse inmediatamente en contra de ellos, decirles a los estudiantes que tales discursos y acciones no serán tolerados y ser firmes en tal postura. El silencio sobre estos asuntos es complicidad, no protege a los estudiantes y solo da pie a que el lenguaje de odio sea más utilizado en el aula o en el patio de la escuela. 2. Investigue el tema o el lenguaje ofensivo: Cuando el lenguaje de odio le coja por sorpresa, úselo como un momento de aprendizaje para usted y para sus alumnos. Pero siempre hay que tener en cuenta que no podemos enseñar lo que no sabemos. Si no conocemos la historia del lenguaje de odio utilizado para degradar a diferentes grupos raciales/étnicos, mujeres, personas LGBTQ+, personas de orígenes religiosos particulares o personas que nacieron en otro país, entonces tenemos que aprender. Es responsabilidad de los maestros educarse y estudiar sobre unos temas, problemas y lenguajes que son divisivos o incitan al odio. […] 3. Mejore su propia alfabetización racial: […] La demografía racial, étnica y lingüística de nuestro país está cambiando rápidamente. Por lo tanto, los maestros necesitan aumentar su alfabetización racial para comprender, conectarse y enseñar mejor a los estudiantes de hoy. Los delitos de odio basados en la raza siguen siendo el tipo número uno de delitos de odio […]. El odio se aprende, y todos los adultos deben hablar sobre él. […]. 4. Examinar el contenido del currículo: Con frecuencia, el contenido y el currículo escolar pueden contener lenguaje, ejemplos o imágenes que transmiten implícita o explícitamente mensajes de odio. Los maestros deben ser diligentes al examinar cualquier cosa que pueda ser controvertida en los libros de texto, la literatura o los vídeos compartidos en el aula. Dicho contenido debe excluirse de lo que se les enseña a los estudiantes, pero los maestros capacitados pueden optar por tener discusiones educativas sobre por qué se usa cierto lenguaje en el contenido y por qué debe eliminarse. 5. Genere un debate en su clase sobre el lenguaje de odio: Independientemente del nivel o la materia, los profesores deben tener conversaciones tempranas y frecuentes sobre la tolerancia cero para el discurso de odio en sus aulas y en toda la escuela. Introduzca conceptos y lecciones sobre la historia de ciertas palabras y cómo se usaron para deshumanizar a las personas. […] 6. Traer oradores invitados: Uno de los enfoques más poderosos que los maestros pueden adoptar para ayudar a los estudiantes a aprender sobre la diversidad es escuchar de primera mano a personas de diferentes grupos que pueden hablar sobre prácticas culturales, experiencias vividas o eventos históricos que sean apropiados para su edad y estén vinculados a un tema en particular».[xxii]

    Combatir la desinformación, los discursos de odio y las teorías conspirativas en las aulas sigue siendo una tarea desafiante pero esencial que requiere dedicación y perseverancia.

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    [i] Véase, por ejemplo, Ted Goertzel (1999): Belief in Conspiracy Theories. Political Psychology 15(4): 731-742; Jan-Willem van Prooijen (2022): Psychological benefits of believing conspiracy theories. Current Opinion in Psychology 47: 101352.

    [ii] Véase, por ejemplo, Michael Barkun (2013): A Culture of Conspiracy: Apocalyptic Visions in Contemporary America. Berkeley: University of California Press; Hayagreeva Rao & Henrich R. Greve (2024): The Plot Thickens: A Sociology of Conspiracy Theories. Annual Review of Sociology 50: 191-207.

    [iii] Véase, por ejemplo, Roland Imhoff y Martin Bruder (2014): Speaking (un-)truth to power: Conspiracy mentality as a generalised political attitude. European Journal of Personality 28(1): 25-43; Julien Giry & Pranvera Tika (2020): Conspiracy Theories in Political Science and Political Theory. In: Michael Butter & Peter Knight (eds.) Handbook of Conspiracy Theories. London: Routledge, pp. 108-120.

    [iv] Véase, por ejemplo, Adam M. Enders et al. (2024): The Relationship Between Social Media Use and Beliefs in Conspiracy Theories and Misinformation. Political Behavior 45: 781-804; Matteo Cinelli (2022): Conspiracy theories and social media platforms. Current Opinion in Psychology 47: 101407.

    [v] Véase Piotr Jabkowski et al. (2023): Exploring COVID‑19 conspiracy theories: education, religiosity, trust in scientists, and political orientation in 26 European countries. Scientific Reports 13(1): 18116.

    [vi] Véase CeMAS – Center für Monitoring, Analyse und Strategie (2022): Q VADIS? The Spread of QAnon in the German-Speaking World. Berlin: CeMAS.

    [vii] Véase Carl Stempel et al. (2007): Media Use, Social Structure, and Belief in 9/11 Conspiracy Theories. Journalism & Mass Communication Quarterly 84(2): 353-272.

    [viii] Véase Esther Webman (ed.): The Global Impact of the Protocols of the Elders of Zion. London: Routledge.

    [ix] Véase Parlamento Europeo/Subcomisión DROI (2021): The impact of disinformation on democratic processes and human rights in the world. Brussels. https://www.europarl.europa.eu/RegData/etudes/STUD/2021/653635/EXPO_STU(2021)653635_EN.pdf

    [x] Véase Andrew S. Ross y Damian J. Rivers (2018): Discursive Deflection: Accusation of “Fake News” and the Spread of Mis- and Disinformation in the Tweets of President Trump. Social Media + Society 4(2): https://doi.org/10.1177/2056305118776010

    [xi] Véase Mika Hietanen y Johan Eddebo (2023): Towards a Definition of Hate Speech – With a Focus on Online Contexts. Journal of Communication Inquiry 47(4): 440-458.

    [xii] Véase Naganna Chetty y Sreejith Alathur (2018): Hate speech review in the context of online social networks. Aggression and Violent Behavior 40: 108-118.

    [xiii] Véase Jeremy Waldron (2012): The Harm in hate Speech. London/Cambridge, MA: Harvard University Press.

    [xiv] Véase Rachel Fraser (2023): How to talk back: hate speech, misinformation, and the limits of salience. Politics, Philosophy & Economics 22(3): 315-335.

    [xv] Véase UNESCO (2023): Combatir el discurso de odio a través de la educación. París. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000390977.locale=es

    [xvi] Véase Heidi Mercenier et al. (2021): Teens, Social Media, and Fake News. In: Guillermo Lopez-Garcia et al. (eds.) Politics of Disinformation. Hoboken: Wiley-Blackwell, pp. 161-172.

    [xvii] Véase Stephanie Craft et al. (2017): News media literacy and conspiracy endorsement. Communication and the Public 2(4): 388-401; Florence Namasinga Selnes (2024): Fake news on social media: Understanding teens’ (Dis)engagement with news. Media, Culture & Society 46(2): 376-392.

    [xviii] Véase Ana Pérez-Escoda et al. (2021): Fake News Reaching Young People on Social Networks: Distrust Challenging Media Literacy. Publications 9: http://doi.org/10.3390/publications9020024

    [xix] Maihemuti Dil Dilimulatia et al. (2024): Talking about violent extremism: Experiences of Canadian secondary school teachers in four metropolitan areas. Journal of Deradicalization 40: 72-113; Ludwig Bilz et al. (2024): Teachers’ intervention strategies for handling hate-speech incidents in schools. Social Psychology of Education online first: http://doi.org/10.1007/s11218-024-09929-9

    [xx] Para una guía más detallada, consulte Jeremy Hayward y Gemma Gronland (2021): Conspiracy Theories in the Classroom Guidance for teachers. London: UCL.

    [xxi] Véase también para más material Comisión Europea: Identifying conspiracy theories online via https://commission.europa.eu/strategy-and-policy/coronovirus-response/fighting-disinformation/identifying-conspiracy-theories_en

    [xxii] Citado de Tyrone C. Howard (2024): Equity Now. Justice, Repair, and Belonging in Schools. Thousand Oaks, CA: Corwin.